(Carta I, Carta II, Carta III, Carta IV, Carta V)
El señor Montés tenía 63 años cuando yo lo conocí. Con mis 18 años, para mí Montés era un anciano ya que peinaba canas y llevaba sus años a cuesta con gran orgullo. Tenía el cuerpo bastante joven para su edad: el tronco robusto, las piernas fuertes. No en vano seguía haciendo deporte: corría por el Parque todas las tardes durante tres cuartos de hora, y yo me dedicaba a observarle, a grabar en mi memoria su expresión cuando terminaba y se sentaba en uno de los bancos, siempre el mismo, a fumarse un cigarrillo, un ducados, para ser exactos. Puede que Hugo fuera otro de los culpables de que dejara de ver el tabaco como algo dañino para verlo como algo romántico. Me parecía curioso cómo maltrataba su cuerpo con la nicotina justo después de depurarlo durante su recorrido. Tiempo después, cuando tuve confianza para preguntarle, me explicó que era su único cigarrillo al día, y que le gustaba disfrutar de él en ese banco, desde el que se veía el Lago, justo después de haber llenado sus pulmones con el aire fresco y sintiéndose demasiado henchido de salud en relación con su edad; ese cigarro diario le proporcionaba, en la medida justa, un poco de equilibrio con el mundo.
Era un hombre curioso Hugo. Me cayó bien desde que le vi hacer ese extraño ritual por primera vez.
Una de esas tardes en las que mi vista seguía su fiel recorrido tal vez fui un poco más despistado, o tal vez él un poco más avispado. El caso es que me vio mirándole, a escasos metros, cuando él fumaba y yo reflexionaba en un césped cercano. Él, sin dejar de mirar al frente, me preguntó si quería algo, sin rastro de amabilidad en su voz, pero sin ofensa tampoco; sólo se defendía de las miradas de un joven insolente, como solía llamarme en broma.
-No, señor -contesté.
-Pues cualquiera lo diría, chico, llevas mirándome toda la tarde. Y sé que no es la primera vez. Te sientas ahí, o un poco más allá y me miras mientras corro. a veces también escribes en ese cuadernito tuyo, ¿qué eres, poeta?
Cuando se dignó al fin a mirarme y yo empezaba a cambiar de idea con respecto a que me cayera bien, su sonrisa me tranquilizó. Yo también sonreí.
-Es... es... es que me parece curioso que venga todas las tardes, que no falle ni una, y corra exactamente el mismo tiempo y por el mismo sitio siempre.
Él asintió, sin dejar de sonreír. Me contó que era un jubilado que no tenía otra cosa mejor que hacer. Había sido conductor de autobús durante muchos años y su trabajo le había llenado, pero al final, el cansancio de la rutina lo venció, y decidió jubilarse antes de tiempo. También decidió que debía bajar los kilos que había estado cogiendo durante más de 20 años sentado al volante, y cuando los bajó, el hábito se había hecho con él, y echaba de menos la rutina de su itinerario diario, así que ahora seguía saliendo todos los días a hacer exactamente lo mismo.
Hugo también tenía curiosidad por saber por qué iba yo todos los días, o casi todos. Les expliqué que, aunque ya no tenía muchas esperanzas de que aparecieras, después de un par de meses me acostumbré a ir, sentarme y esperarte. Sonrió, compadeciéndose de mí.
-Conque estás enamorado... pobrecito, tan joven.
-No soy tan joven, tengo 18 años -dije con el mismo desdén que utilizan los post-adolescentes cuando les llaman jóvenes sin saber apreciar su juventud -y tampoco estoy enamorado.
-Créeme, chico, sí que lo estás.
-No, ya no. tal vez al principio. Era más obsesión que enamoramiento, diría yo.
-¿Cómo se llama?
-Alba -dije sin pensar un instante, averiguando enseguida mi error y su victoria.
-Aún recuerdas su nombre.
-No ha pasado tanto tiempo, sólo cuatro meses.
Sonrió. Ese gesto que vería después muchas veces. Su ego no tenía parangón, y llevar razón era una de las cosas que más le gustaba en este mundo a ese viejo.
-Cuatro meses, comparados con los cinco minutos que ella te brindó, juntando tiempos, es una eternidad, niñito.
Sus palabras se me clavaban como puñales envenenados. Tal vez tuviera razón, pero nunca se lo diría.
-Si algún día vuelves a verla, te volverás a enamorar. -concluyó.
Se levantó del banco, y yo del césped notando el pantalón empapado y sucio. Me tendió la mano y se presentó.
-Soy Hugo Montés. Algunos me llaman señor Montés.
-Yo soy Jaime. Jaime Úbeda.
-te llamaré 'chico', así no tendré que hacer memoria, que a mi edad ya es un gran esfuerzo.
Asentí sonriendo mientras le estrechaba la mano. Luego, cada uno se fue por su camino.
viernes, 26 de junio de 2009
domingo, 21 de junio de 2009
Violín, flauta, una guitarra eléctrica y una voz desgarrada.
4 días. Unas cuantas palabras. Una película. Unas pocas lágrimas. Ésta canción.
Catarsis.
viernes, 19 de junio de 2009
Sinónimos.
Dificultoso, arduo, complicado, complejo, engorroso, embrollado, enrevesado, intrincado, comprometido, apurado, embarazoso, delicado, espinoso, imposible, inaccesible, irrealizable, laborioso, penoso, fatigoso, trabajoso, agotador, duro, achuchado, afanoso.
Definitivamente, no me gusta la palabra difícil, ni todo lo que ella conlleva.
Sencillo, elemental, tirado, claro, corriente, factible, evidente, obvio, simple, asequible, comprensible, cómodo, confortable, tranquilo.
La palabra fácil es más bella.
Es curioso que a menudo ambos conceptos, a pesar de que digan que son antónimos, coinciden en muchas situaciones... ¿o porque algo sea arduo no significa que no pueda ser sencillo? y a mí me parece que lo más comprometido, suele ser elemental.
Definitivamente, no me gusta la palabra difícil, ni todo lo que ella conlleva.
Sencillo, elemental, tirado, claro, corriente, factible, evidente, obvio, simple, asequible, comprensible, cómodo, confortable, tranquilo.
La palabra fácil es más bella.
Es curioso que a menudo ambos conceptos, a pesar de que digan que son antónimos, coinciden en muchas situaciones... ¿o porque algo sea arduo no significa que no pueda ser sencillo? y a mí me parece que lo más comprometido, suele ser elemental.
domingo, 14 de junio de 2009
Necesidades.
Las ideas para desarrollar un pensamiento siempre me llegan cuando estoy tumbada en la cama en ese duermevela que anticipa el sueño; y siempre soy lo suficientemente vaga como para levantarme a plasmarlo. Y las palabras, reflexiones, la idea principal sale corriendo a esconderse y que no la torture dándole vueltas y martillazzos con mi constante runrún pensante.
Es una putada ser así. Sentir la necesidad de escribirlo todo, para que las palabras no se las lleve el viento; sentir que si no escribes, no estás pensando en realidad. Es una putada preciosa, pero una putada al fin y al cabo (como el amor).
Ya dije alguna vez que se me da mejor escribir que hablar. Pero no es sólo que se me dé mejor, es que es lo único que puedo asegurar que seguirá conmigo mientras yo siga viviendo. Puedo no saber ni querer asegurar muchas cosas de las que vendrán, por miedo a la certeza, por miedo a equivcarme estrepitosamente después de haber hecho planes; pero puedo decir que el día en que una sonrisa, una palabra, una imagen, una sensación, un lo que sea no me haga querer escribir sobre ello, ese día estaré muerta. Hay muchas formas de morir, no sólo ésa que todos conocemos en la que los motores biológicos y fisiológicos dejan de funcionar: el corazón no bombea sangre, las neuronas no se pasan información las unas a las otras y los familiares lloran mientras miran cómo, mientras tu cuerpo está en una caja, te echan tierra por encima. No me refiero necesariamente a esa muerte. Me refiero a una muerte mucho peor.
El día que no quiera escribir estaré muerta por dentro, ya no habrá nada capaz de emocionarme, ni de enfadarme, ni de nada; o acaso será que he cambiado lo suficiente como para poder decir que yo, mi yo tal cual lo conozco ahora, ha muerto.
El caso es que a veces me siento prisionera de este hoby y me siento mal si no lo llevo a cabo... lo que no sé es si no escribir hace que me sienta mal por el sentimiento de culpa o porque es una necesidad vital para mí. Algún día lo descubriré... auqnue creo que la diferencia no es muy grande.
Lo más triste es que si intento explicarle esto a una persona que nunca lo ha sentido, nunca lo entenderá. Es como explicarle un orgasmo a una persona a la que no se lo han dado: totalmente inútil.
Es una putada ser así. Sentir la necesidad de escribirlo todo, para que las palabras no se las lleve el viento; sentir que si no escribes, no estás pensando en realidad. Es una putada preciosa, pero una putada al fin y al cabo (como el amor).
Ya dije alguna vez que se me da mejor escribir que hablar. Pero no es sólo que se me dé mejor, es que es lo único que puedo asegurar que seguirá conmigo mientras yo siga viviendo. Puedo no saber ni querer asegurar muchas cosas de las que vendrán, por miedo a la certeza, por miedo a equivcarme estrepitosamente después de haber hecho planes; pero puedo decir que el día en que una sonrisa, una palabra, una imagen, una sensación, un lo que sea no me haga querer escribir sobre ello, ese día estaré muerta. Hay muchas formas de morir, no sólo ésa que todos conocemos en la que los motores biológicos y fisiológicos dejan de funcionar: el corazón no bombea sangre, las neuronas no se pasan información las unas a las otras y los familiares lloran mientras miran cómo, mientras tu cuerpo está en una caja, te echan tierra por encima. No me refiero necesariamente a esa muerte. Me refiero a una muerte mucho peor.
El día que no quiera escribir estaré muerta por dentro, ya no habrá nada capaz de emocionarme, ni de enfadarme, ni de nada; o acaso será que he cambiado lo suficiente como para poder decir que yo, mi yo tal cual lo conozco ahora, ha muerto.
El caso es que a veces me siento prisionera de este hoby y me siento mal si no lo llevo a cabo... lo que no sé es si no escribir hace que me sienta mal por el sentimiento de culpa o porque es una necesidad vital para mí. Algún día lo descubriré... auqnue creo que la diferencia no es muy grande.
Lo más triste es que si intento explicarle esto a una persona que nunca lo ha sentido, nunca lo entenderá. Es como explicarle un orgasmo a una persona a la que no se lo han dado: totalmente inútil.
jueves, 11 de junio de 2009
Ñozu is dessapear(8)
No tengo internet en casa porque los de orange son así de majos.
El caso es que vengo a decir que estoy viva y que espero tener internet si no esta noche, mañana por la mañana. Recemos.
Y también vengo a decir que he aprobado neurociencia y que soy la persona más feliz del mundo de momento.
Y que quedan cuatro días para que mi sonrisas se amplíe mucho mucho.
Y me voy ya, que esto de robarle el portátil a mi hermano y cuñada, va a empezar a notarse.
El caso es que vengo a decir que estoy viva y que espero tener internet si no esta noche, mañana por la mañana. Recemos.
Y también vengo a decir que he aprobado neurociencia y que soy la persona más feliz del mundo de momento.
Y que quedan cuatro días para que mi sonrisas se amplíe mucho mucho.
Y me voy ya, que esto de robarle el portátil a mi hermano y cuñada, va a empezar a notarse.
martes, 9 de junio de 2009
Iros todos a tomar por culo.
Ea. Vuelvo a estar nerviosa por un examen. Me consuelo pensando que tendré mucho tiempo hasta el día 15 que tenga el próximo y último con esperanzas de aprobar.
Ayer mi madre me preguntó que cuántas iba a aprobar. "¿Qué cuántas voy a aprob...? Mamá, a mí me gusta menos que a ti suspender" le vine a decir.
Me jode, profundamente saber que yo ya soy mucho mejor psicóloga que gente que aprueba. Me jode saberlo porque eso me hace más asqueroso aún tener que estudiar cosas que, aunque útiles en cierta medida, no tienen nada que ver con mi carrera. Y me revuelve las tripas pensar que haya gente que el día de mañana tendrá más posibilidades que yo para conseguir un trabajo sólo porque a mí me parece que la educación es una puta mierda. Que somos psicólogos (en proyecto) y no nos hablan de nada más allá de 1980 (y eso son las teorías más novedosas).
Me fastidia que hasta cuarto no vaya a tener una puta asignatura que me llame la atención lo suficiente como para pensar: tengo ganas de ponerme a estudiar y saber más de esto. Que vaya a tirar tres años de mi vida prácticamente a la basura. Que, como me dijera una vez una compañera que se ha convertido en amiga y que piensa más o menos como yo: "considero más importante para mi formación personal estar aquí en este césped contigo que estar escuchando bobadas ahí dentro".
Odio mi carrera. La odio mucho. Jamás pensé que llegaría a decir esto, porque quiero ser psicóloga desde que tuve consciencia de lo que era un trabajo y lo que era un psicólogo (ambas por separado); y ahora me doy cuenta de que deseo que estos 4 años sobrantes (probablemente 5, viendo mi paso) se pasen volando. Y si no fuera por las tres personas que considero que merecen la pena, estaría hundida en la mierda.
Dicen que Psicología es una de las carreras con mayor número de crisis mientras se cursa. Y yo pensaba que era imposible que tuviera una de esas crisis, ni si quiera entendía de qué cojones hablaban, ¿crisis? ¿por qué? Daba igual, porque lo mío era vocación. Y lo es, vaya que si lo es. Si no lo fuera, os aseguro que ni me planteaba seguir estudiando, hubiera abandonado en enero. Y no, no tiene nada que ver con los exámenes: la gente, las asignaturas, el pensar si de verdad algo de lo que estás haciendo ayudará a que aprendas a ayudar a alguien en un plazo de 5 años. La verdad, no me extraña que en primero haya 10 clases y en segundo se reduzcan a casi la mitad (de 80-90 personas cada clase).
No os confundáis, no es una carrera simple (si os dijera que tengo que aprender física, ¿cómo os quedaríais?), y aunque tampoco es una ingeniería (seamos realistas) muchas de esas personas que no tienen otra cosa que hacer más que gastar el dinero de papá deciden meterse en ella, pensando que los homosexuales son enfermos y que los presos no merecen reinserción. Y el día de mañana ellos tendrán su propio gabinete (con el dinero de papi siempre) y yo me comeré los mocos a falta de otra cosa que comer (también puedo robar las hamburguesas del McDonals donde terminaré trabajando).
Así es como va este país. Y a mí me da asco.
Me voy a hacer un examen de mierda, para variar. Hoy mi camiseta ha acertado de verdad.
Ayer mi madre me preguntó que cuántas iba a aprobar. "¿Qué cuántas voy a aprob...? Mamá, a mí me gusta menos que a ti suspender" le vine a decir.
Me jode, profundamente saber que yo ya soy mucho mejor psicóloga que gente que aprueba. Me jode saberlo porque eso me hace más asqueroso aún tener que estudiar cosas que, aunque útiles en cierta medida, no tienen nada que ver con mi carrera. Y me revuelve las tripas pensar que haya gente que el día de mañana tendrá más posibilidades que yo para conseguir un trabajo sólo porque a mí me parece que la educación es una puta mierda. Que somos psicólogos (en proyecto) y no nos hablan de nada más allá de 1980 (y eso son las teorías más novedosas).
Me fastidia que hasta cuarto no vaya a tener una puta asignatura que me llame la atención lo suficiente como para pensar: tengo ganas de ponerme a estudiar y saber más de esto. Que vaya a tirar tres años de mi vida prácticamente a la basura. Que, como me dijera una vez una compañera que se ha convertido en amiga y que piensa más o menos como yo: "considero más importante para mi formación personal estar aquí en este césped contigo que estar escuchando bobadas ahí dentro".
Odio mi carrera. La odio mucho. Jamás pensé que llegaría a decir esto, porque quiero ser psicóloga desde que tuve consciencia de lo que era un trabajo y lo que era un psicólogo (ambas por separado); y ahora me doy cuenta de que deseo que estos 4 años sobrantes (probablemente 5, viendo mi paso) se pasen volando. Y si no fuera por las tres personas que considero que merecen la pena, estaría hundida en la mierda.
Dicen que Psicología es una de las carreras con mayor número de crisis mientras se cursa. Y yo pensaba que era imposible que tuviera una de esas crisis, ni si quiera entendía de qué cojones hablaban, ¿crisis? ¿por qué? Daba igual, porque lo mío era vocación. Y lo es, vaya que si lo es. Si no lo fuera, os aseguro que ni me planteaba seguir estudiando, hubiera abandonado en enero. Y no, no tiene nada que ver con los exámenes: la gente, las asignaturas, el pensar si de verdad algo de lo que estás haciendo ayudará a que aprendas a ayudar a alguien en un plazo de 5 años. La verdad, no me extraña que en primero haya 10 clases y en segundo se reduzcan a casi la mitad (de 80-90 personas cada clase).
No os confundáis, no es una carrera simple (si os dijera que tengo que aprender física, ¿cómo os quedaríais?), y aunque tampoco es una ingeniería (seamos realistas) muchas de esas personas que no tienen otra cosa que hacer más que gastar el dinero de papá deciden meterse en ella, pensando que los homosexuales son enfermos y que los presos no merecen reinserción. Y el día de mañana ellos tendrán su propio gabinete (con el dinero de papi siempre) y yo me comeré los mocos a falta de otra cosa que comer (también puedo robar las hamburguesas del McDonals donde terminaré trabajando).
Así es como va este país. Y a mí me da asco.
Me voy a hacer un examen de mierda, para variar. Hoy mi camiseta ha acertado de verdad.
Hoy se trata de
deshagoarme un poco,
diario de una Lurilla Salvaje
lunes, 8 de junio de 2009
Esperanza.
Hoy me siento un poco inspirada, y supongo que es la presión de tener que hacer lo que no se quiere hacer, pero es que no importa ahora mismo el por qué (raro en mí), sólo me apetece aprovecharlo, ya que no hago nada de provecho.
Dejo que mi imaginación vuele y pienso en columnas de humo. Me acaba de venir a la cabeza la imagen de mí misma escribiendo en un paseo a las 8 de la mañana de un día de agosto, con mucho frío, irónicamente. Ese día hice esta misma analogía: mi pensamiento como columnas de humo, colocarse sin tener sustancia, y vivir.
Vivir, qué gran sensación la de sentirse vivo, y tener por lo que hacerlo.
Es curioso cómo los planes cambian tanto, y cómo cada día me cercioro más de que la certeza es un lastre. Tener seguridad en algo es sólo una ilusión para amortiguar el golpe. Yo prefiero la realidad, siempre la preferí. Y aquí habría gente que me preguntara por la esperanza. Pero ¡ay! qué cansada estoy ahora mismo como para ponerme a hablar de esperanza. La esperanza es sólo eso: esperanza, un estado del ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos (eso dice la RAE). Yo prefiero no esperar, por si acaso lo posible se torna en la misma palabra con im- delante. Hace ya mucho que aprendí a no depender de ella. Y no es que sea pesimista, soy realista: me forjo lo mío con lo mío. Nadie más que yo puede hacer posible algo. Si tengo esperanzas, no será porque nadie me la dé, o porque algo incorpóreo diga que la tengo que tener; si tengo esperanza, será porque mis pasos son los correctos para conseguir algo.
Pero no soy la única persona del mundo (para mi desgracia, muchas veces; para mi gracia, muchas otras) así que no lo puedo basar todo sólo en mis actos. El resto de personas también pueden hacer con sus actos que mi camino se desvíe, que al observarlos decida algo totalmente diferente de lo que tenía pensado. Por eso no se puede decir que nuestras opiniones van a ser las mismas siempre. Porque puede pasar algo que nos haga cambiar de parecer, y nos tengamos que comer las palabras (yo lo he hecho alguna vez, y, la verdad, es que es bastante seco, se hacen pasta en la boca y duele al tragarlas).
Los más cercanos a mí saben que no suelo decir la palabra "siempre" si ésta se refiere al futuro. Es como cuando veo a alguien decirle a otro alguien que le quiere "por, para y durante siempre". Puede desearse, pero no puede asegurarse. No. Todo en esta hay vida hay que cultivarlo y regarlo cada poco, no se puede dejar a merced del tiempo y pensar que se va a solucionar todo solo. Y, a pesar de que uno se esfuerce, puede que desde el otro lado algo pase. Y, entonces, ¿qué? ¿lloramos? ¿porque pensábamos que sería eternamente?
Somos presos de nuestras palabras, esas metáforas gastadas, que decía aquél.
Y no me creo las ganas que tengo de tumbarme en un parque, con una barrita de esas que hacen risa, ver cómo pasan las nubes sobre mi cabeza, y hablar de cosas importantes hasta quedarme afónica. Tengo esperanza en que ocurra de aquí a una semana. Y, hasta entonces, hago exámenes sonriendo como una imbécil.
(PD: Hoy no hay Carta. A no ser que a última hora me apetezca subirla. No creo.)
Dejo que mi imaginación vuele y pienso en columnas de humo. Me acaba de venir a la cabeza la imagen de mí misma escribiendo en un paseo a las 8 de la mañana de un día de agosto, con mucho frío, irónicamente. Ese día hice esta misma analogía: mi pensamiento como columnas de humo, colocarse sin tener sustancia, y vivir.
Vivir, qué gran sensación la de sentirse vivo, y tener por lo que hacerlo.
Es curioso cómo los planes cambian tanto, y cómo cada día me cercioro más de que la certeza es un lastre. Tener seguridad en algo es sólo una ilusión para amortiguar el golpe. Yo prefiero la realidad, siempre la preferí. Y aquí habría gente que me preguntara por la esperanza. Pero ¡ay! qué cansada estoy ahora mismo como para ponerme a hablar de esperanza. La esperanza es sólo eso: esperanza, un estado del ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos (eso dice la RAE). Yo prefiero no esperar, por si acaso lo posible se torna en la misma palabra con im- delante. Hace ya mucho que aprendí a no depender de ella. Y no es que sea pesimista, soy realista: me forjo lo mío con lo mío. Nadie más que yo puede hacer posible algo. Si tengo esperanzas, no será porque nadie me la dé, o porque algo incorpóreo diga que la tengo que tener; si tengo esperanza, será porque mis pasos son los correctos para conseguir algo.
Pero no soy la única persona del mundo (para mi desgracia, muchas veces; para mi gracia, muchas otras) así que no lo puedo basar todo sólo en mis actos. El resto de personas también pueden hacer con sus actos que mi camino se desvíe, que al observarlos decida algo totalmente diferente de lo que tenía pensado. Por eso no se puede decir que nuestras opiniones van a ser las mismas siempre. Porque puede pasar algo que nos haga cambiar de parecer, y nos tengamos que comer las palabras (yo lo he hecho alguna vez, y, la verdad, es que es bastante seco, se hacen pasta en la boca y duele al tragarlas).
Los más cercanos a mí saben que no suelo decir la palabra "siempre" si ésta se refiere al futuro. Es como cuando veo a alguien decirle a otro alguien que le quiere "por, para y durante siempre". Puede desearse, pero no puede asegurarse. No. Todo en esta hay vida hay que cultivarlo y regarlo cada poco, no se puede dejar a merced del tiempo y pensar que se va a solucionar todo solo. Y, a pesar de que uno se esfuerce, puede que desde el otro lado algo pase. Y, entonces, ¿qué? ¿lloramos? ¿porque pensábamos que sería eternamente?
Somos presos de nuestras palabras, esas metáforas gastadas, que decía aquél.
Y no me creo las ganas que tengo de tumbarme en un parque, con una barrita de esas que hacen risa, ver cómo pasan las nubes sobre mi cabeza, y hablar de cosas importantes hasta quedarme afónica. Tengo esperanza en que ocurra de aquí a una semana. Y, hasta entonces, hago exámenes sonriendo como una imbécil.
(PD: Hoy no hay Carta. A no ser que a última hora me apetezca subirla. No creo.)
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