viernes, 8 de mayo de 2009

Pensamientos ahumados.


Es como procesar un pensamiento. Sólo tienes que cogerlo entre tus dedos, prenderle fuego y observar cómo poco a poco se va extinguiendo hasta que quedas satisfecho con el resultado. A no ser que no haya sido lo suficiente satisfactorio y el haber llenado tus pulmones con claridad te lleve a querer más; entonces, se coge otro pensamiento relacionado y se repite el procedimiento.

Algunos cuestan nada de esfuerzo, y cuando te quieres dar cuenta, ya lo has entendido todo, ya se ha acabado. Otros hacen que se viva un suplicio, que te cueste dar el siguiente paso, y al final decides dejarlos a medias; ya sea para luego o para nunca.

Puedes ver cómo la estela del pasado no desaparece, sólo se convierte en ceniza. Ceniza que olvidarás. Siempre acompañado de una quema de impurezas que se elevan en el aire en forma de humo.

Mientras se está pensando, depende del estado de ánimo, se mira al techo mientras te llenas de paz, o al suelo, mientras las preocupaciones, en vez de disminuír, aumentan, asumiendo que tendrás que coger muchos más pensamientos antes de llegar al final.

Y el crepitar. ¡Ah, el crepitar! El crepitar del papel ya escrito quemándose. Cuántas veces he querido escribir sobre ese sonido. Es similar al ruido que hacen ciertas personas cuando rumian algo para sus adentros, o los tics. Es un ritual más.

Esto es para mí fumar. Sé que daña mis pulmones, pensar también daña a veces.
Ahora mismo, me fumaría una caja entea de pensamientos felices y ñoños. Y, aún así, sé que no se me quitarían las ganas de ese abrazo que espero. El tabaco no lo suple todo.

jueves, 7 de mayo de 2009

La realidad de las palabras.

Leer a Cortázar a mí me mata. Me mata porque supo dónde dar cuando escribía. Porque sabía ponerse en la piel de todos para simular una discusión filosófica. Porque mezclaba perfectamente el intelecto con el sentimentalismo. Porque 25 años después de su muerte, sigue haciendo sentir lo que a mí me hace sentir. Porque soy incapaz de elegir la parte más importante de su texto y acabo poniéndolo todo.
Porque yo jamás seré capaz de hacer eso, de escribir esto:

"-Estás usando palabras -dijo Oliveira, apoyándose mejor en Etienne-. Les encanta que uno las saque y las haga dar vueltas por la pieza. Realidad, hombre de Neanderthal, miralas cómo juegan, cómo se nos meten por las orejas y se tiran por los toboganes.

-Es cierto -dijo hoscamente Etienne-. Por eso prefiero mis pigmentos, estoy más seguro.

-¿Seguro de qué?

-De su efecto.

-En todo caso de su efecto para vos, pero no en la portera de Ronald. Tus colores no son más seguros que mis palabras, viejo.

-Por lo menos mis colores no pretenden explicar nada.

-¿Y vos te conformás con que no haya una explicación?

-No -dijo Etienne-, pero al mismo tiempo hago cosas que me quitan un poco el mal gusto del vacío. Y ésa es en el fondo la mejor definición del homo sapiens.

-No es una definición sino un consuelo -dijo Gregorovius, suspirando-. En realidad nosotros somos como las comedias cuando uno llega al teatro en el segundo acto. Todo es muy bonito pero no se entiende nada. Los actores hablan y actúan no se sabe por qué, a causa de qué. Proyectamos en ellos nuestra propia ignorancia, y nos parecen unos locos que entran y salen muy decididos. Ya lo dijo Shakespeare, por lo demás, y si no lo dijo era su deber decirlo.

[...]

-También habló de las palabras -dijo Gregorovius-, y Horacio no hace más que plantear el problema en su forma dialéctica, por decirlo así. A la manera de un Wittgenstein, a quien admiro mucho.

-No lo conozco -dijo Ronald-, pero ustedes estarán de acuerdo en que el problema de la realidad no se enfrenta con suspiros.[...] De acuerdo en que no hay que fiarse de las palabras, pero en realidad las palabras vienen después de esto otro, de que unos cuantos estemos aquí esta noche, sentados alrededor de una lamparita. Sin palabra alguna yo siento, yo sé que estoy aquí -insistió Ronald-. A eso le llamo realidad. Aunque no sea más que eso.

-Perfecto -dijo Oliveira-. Sólo que esta realidad no es ninguna garantía para vos o para nadie, salvo que la transformes en concepto, y de ahí en convención, en esquema útil. El solo hecho de que vos estés a mi izquierda y yo a tu derecha hace de la realidad por lo menos dos realidades, y conste que no quiero ir a lo profundo y señalarte que vos y yo somos dos entes absolutamente incomunicados entre sí salvo por medio de los sentidos y la palabra, cosas de las que hay que desconfiar si uno es serio.

-Los dos estamos aquí -insistió Ronal-. A la derecha o a la izquierda, poco importa. Los dos estamos viendo a Babs, todos oyen lo que estoy diciendo.

-Pero esos ejemplos son para chicos de pantalón corto, hijo mío -se lamentó Gregorovius-. Horacio tiene razón, no podés aceptar así nomás eso que creés la realidad. Lo más que podés decir es que sos, eso no se puede negar sin escándalo evidente. Lo que falta es el ergo, y lo que sigue al ergo, es notorio."


(Julio COrtázar, extracto de Rayuela)


¿Cómo os quedáis? ¿Qué pensáis? Yo estoy con Oliveira.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Liberación de un peso en el estómago



A veces uno no tiene palabras para describir lo que hace, lo que dice, lo que le piensa. Por eso lo nombra con lo primero que se le ocurre. Flowklorikos decidió llamar 13 a la canción que dejo ahí porque era la número trece. Yo, a lo que me ha pasado hoy lo voy a llamar "liberación de un peso en el estómago"... ya os podéis imaginar por qué.

Dejáos llevar.

sábado, 4 de abril de 2009

¿Cuestión de hombría?

He escuchado muchas gilipolleces a lo largo de mi corta vida. Bien sea por desinformación, por malinformación o por la cabeza y pensamiento de quien recoge la información. Casi todas esas gilipolleces puedo discutirlas sin perder los nervios, dando la información necesaria (cuando la sé), o dando mi punto de vista. Pero hay cosas que no soporto (muchas), y una de esas cosas es oír gilipolleces por querer manipular; y lo detesto más aún si lo que se quiere manipular son las ventas de un disco, por ejemplo; y mucho más aún si la gilipollez tiene algo que ver con temas demasiad serios como para jugar con ellos.

Esta mañana, mientras mi madre escuchaba la radio, he podido captar una frase al aire de un grupo que ni recuerdo: "hace falta ser poco hombre para pegar a una mujer". Estupendo. Ahora el maltrato es cuestión de hombría. Peor aún: toda la violencia es cuestión de hombría.
¿Qué diferencia hay entre pegar a una mujer y pegar a un hombre? No creo que pegar auna mujer sea más grave. De hecho, la mayoría de las campañas contra el maltrato de la mujer me parecen machistas en sí mismas. Y no estoy diciendo que no esté en contra del maltrato. Pero no croeo que pegar a una mujer te haga menos hombre. Creo que pegar a cualquier persona, de cualquier sexo o género te hace menos humano.
Yo soy mujer. Pero no me siento orgullosa de serlo. Simplemente lo soy. Yo no creo en la supremacía de la mujer. No creo en la superioridad de una persona sobre otra: eso es todo. Las mujeres somos iguales, ni mas ni menos. Tenemos diferencias biológicas y físicas, sí; pero nada más. No somos menos fuertes que los hombres. No somos más inteligentes. Somos iguales. No somos personas a las que haya que proteger de nada, y mucho menos tenemos que ser protegidas mediante un eslógan tan triste como es que a cada golpe la hombría disminuye. Lo que hay que suprimir es ese concepto de hombría. No hay que concienciar a los hombres de que son MÁS hombres si maltratan. Hay que concienciar a las mujeres de que merecen un trato igualitario. Y concienciar a ambos sexos de que cuaquier tipo de violencia hace que la humanidad se degrade.
Me sacan de quicio las mujeres que alardean de haber sido maltratadas cuando han discutido con la pareja y ésta le ha dado una hostia. no digo que esté bien. Digo que es igual de denunciable cuando una mujer pega un tortazo a un hombre por cualquier otro motivo (porque le insultan, porque le han puesto los cuernos, porque está enfadada). Todos perdemos los nervios. TODOS. Y no creo que se deba jugar y manipular con el concepto de maltrato, porque hay mujeres (y hombres) que lo sufren de verdad, que tienen miedo, que tienen una gran presión psicológica. Con la ley del pánico que corre hoy en día, con esa estúpida idea de que un zarandeo es maltrato y que hay que tener sumo cuidado con las mujeres, sólo nos convierten en muñequitas de cristal. Ese cuidado hay que tenerlo por todas las personas. Ese cuidado, se llama respeto. Y más de una mujer ha zarandeado a un hombre y no ha pasado nada.

Siempre, desde que tengo recuerdos, he defendido esa igualdad. Cuando los niños, en el patio del colegio, regañaban y se pegaban, no había más problema. Si un niño pegaba a una niña, la profesora se echaba sobre él y le decía que a las niñas no se les pega. Cuando yo estaba involucrada en una de esas peleas de niños y un chico había aprendido que a las niñas no se las pegaba, yo le provocaba y le provocaba, hasta que conseguía el mismo trato. Yo recuerdo haber dicho, con 6 ú 8 años que y no era menos fuerte que un chico, ni más ni menos importante. Que sólo era una persona más. Y que si me quería pegar, que me pegara, que yo me defendería. Me ponía terriblemente nerviosa que un niño me dijera que no me pegaba por ser chica. Lo veía tan ilógico como lo veo ahora. No es cuestión de sexos. Nunca lo será. Y las campañas publicitarias, las campañas de popularización gracias al maltrato y todas esas mierdas, sólo alimentan el machismo.


A lo mejor me he repetido demasiado, pero es el problema que tiene escribir con furia.

jueves, 2 de abril de 2009

Sigo viva.

Es increíble, pero ¡sigo viva!
He sobrevivido a unos exámenes realmente lamentables. A las fiestas post-exámenes-desastrosos. A la no-vuelta a clase. A las dos semanas mortales de preparación y representación de la obra en la que era técnico de luces: La tinaja de los dioses. A la fiesta-recogida de desperdicios post-tinaja. A la semana en que decidí ponerme las pilas con la universidad (y tal). Incluso a empezar a estudiar dos meses antes de los exámenes (sí, tenéis permiso para llamarme enferma). Y ahora estoy aquí. Coleando aún.

Empiezan las vacaciones de Semana Santa y podré descansar como es debido. O al menos podría hacerlo si aprendiera de mis errores y no me hubiera metido para ser técnico de sonido en otra obra de teatro: El Tragaluz. Pero se intentará sobrellevar. Y nadie me quita las fiestas, ni el poder ver a mis amigos otra vez (esos grandes desconocidos desde hace más de un mes).

Y yo, con mis grandes problemas (senti)mentales, con mis dudas a cuestas, con mi cansancio en un bolsillo, y con la música colgando de mis orejas... soy terriblemente feliz. ¡Y qué felicidad tan tonta, oiga! Me apetece escribir mucho y divertirme más. Y me apetece que los planes salgan bien. Y voy a cruzar los dedos, hasta que me quede sin circulación en ellos si hace falta, para que sean unas grandes fechas.

Y, encima, no podréis quejaros, os regalo esto:

lunes, 19 de enero de 2009

Tengo miedo.

Mi ordenador habla cuando yo no se lo ordeno.

Explico: llevo meses sin poder ver archivos de power point. Me instalé un programa, los pude ver durante un par de semanas y luego dejó de funcionar (como se fue, vino... pero al revés). Total, que harta de no poder verlos y de haber desinstalado/instalado unas doscientas veces, decidí que a lo mejor era cosa del antivirus. Desinstalé el que tenía. Instalé otro y le dejé trabajar: no había virus.

Pero ese no es el caso. el caso es que hace escasos 10 minutos, justo después de cerrar el MSN y antes de empezar a escribir esto, estando yo en el más absoluto silencio, una voz femenina ha dicho: "LA BASE DE DATOS DE VIRUS HA SIDO ACTUALIZADA".
Tremendo susto el que me he llevado hasta que he relacionado el nuevo antivirus con la información dada y el hecho de que es un antivirus guay que habla.

No volveré a instalar nada sin saber si habla, que mi corazón no resistirá muchos más sustos como éste.

sábado, 10 de enero de 2009

Nieve.

Una bonita estampa de frío hasta los huesos que en mí hace el efecto inverso: hace que mi alma entre en calor. Me enternece ver a las abuelas diciendo que no recordaban una nevada así en Madrid a sus hijas, mientras éstas sonríen viendo cómo la tercera generación juega a construir figuras de nieve; con mofletes rosaditos, que es lo único que se les ve entre abrigos, manoplas, bufandas, orejeras y gorros.
Salir a la calle con la música clavándose en los oídos por no querer que el ruido de los coches estropee la escena que no se merecen. Todo blanco, puro. Y que en el aleatorio salga la canción que resume y expresa exactamente cómo son mis pensamientos. Y es que ya no queda nada en que pensar, he podido despistar al miedo y no quiero despertar.